miércoles, 7 de enero de 2026

En islas extremas (The Outrun). Naturalezas erosionadas.

Los libros de memorias escritos por mujeres, en especial aquellos dedicados a narrar periodos conflictivos de sus vidas, han constituido desde hace algunos años una de las apuestas más seguras para el mundo editorial. Era cuestión de tiempo que dicha tendencia fuese explorada también por el cine. Y sin duda uno de los mejores ejemplos lo vimos el año pasado en el film de Nora Fingscheidt En islas extremas (The Outrun, 2024), basado en la obra homónima de Amy Liptrot, ganadora del Premio Wainwright en 2016 y del PEN/Ackerley en 2017. Es de agradecer que Fingscheidt, quien después de sorprender con la magistral y perturbadora System Crasher (Systemsprenger, 2019) parecía haber sucumbido a las exigencias del encargo hollywoodiense en la complaciente Imperdonable (The Unforgivable, 2021), recuperase la forma y la potencia de su primer largo de ficción en esta lograda adaptación de las memorias de Liptrot.
Las Orcadas, archipiélago de setenta islas al norte de escocia, azotadas por la violencia del mar y del viento, han subsistido durante siglos de la ganadería y son especialmente ricas en fauna y vegetación marina. Aunque Liptrot dedica más páginas del libro a la descripción de las islas y a sus carácteristicas que al drama de su narradora, nada de esto resulta gratuito. Todo lo relativo a las Orcadas es utilizado de las primeras líneas a las últimas como reflejo elemental y espejo telúrico del proceso de rehabilitación que atravesó la autora a su regreso al archipiélago donde había pasado su infancia y adolescencia, tras una década en Londres durante la cual desarrolló una adicción al alcohol que la destruyó física y emocionalmente, le hizo perder a su pareja, quedarse sin empleo y arruinar toda esperanza en el futuro. La decisión de iniciar el cambio la tomaría aún en Inglaterra, solicitando el ingreso en un centro de desintoxicación. Pero sería en las Orcadas donde afrontaría realmente el reto de una vida sobria. Algo que de partida, según su percepción de adicta, eliminaba para ella toda posibilidad de ser feliz. Así, la resistencia de unos pedazos de tierra que asoman del mar para someterse al desgaste y al castigo de los elementos expresan la erosión, la lucha constante y difícil restauración personal que afrontó Liptrot. Y los extraordinarios fenómenos meteorológicos, la precaria supervivencia de las especies en peligro de extinción o las leyendas locales sobre muchachas raptadas y cautivas en islas fantasma que se dejan ver solo entre la niebla se transforman en elementos con los que la narradora empieza a interpretarse a sí misma, y dotan de una constelación de imágenes simbólicas al viaje íntimo consistente tanto en superar el alcoholismo como en reconstruir una identidad devastada, cuyas posibilidades de subsistencia son tan inciertas como las del propio modus vivendi de las comunidades isleñas, siempre más despobladas y con menos posibilidades laborales que ofrecer a sus nuevos habitantes.
El film que Fingscheidt coguionizó con la propia Liptrot se abre con la protagonista, Rona, de niña, paseando por una playa recubierta de algas. Imágenes de una foca bajo la superficie del mar se alternan con otras de Rona, años más tarde, moviéndose a cámara lenta en una pista de baile, y de Rona, en el lugar de la foca, moviéndose en el agua con su novio, al tiempo que, en off, ella misma nos refiere la leyenda local según la cual los ahogados se transformaban en focas, llamadas selkies, capaces de desprenderse de sus pieles y recuperar su apariencia humana para salir de noche a la superficie y bailar desnudas bajo la luna. Dichas focas regresaban al mar al amanecer, siempre que no fuesen vistas por otra persona. Si esto sucedía, quedaban atrapadas en su forma terrestre, condenadas a sentirse desgraciadas por no poder regresar al medio al que pertenecían. A continuación, tras la aparición del título, pasamos a una escena de tono muy diferente en la que Rona entra borracha en un pub londinense, exige una copa, se pone violenta y termina siendo sacada y tirada brutalmente a la acera para ser recogida por un conductor de dudosas intenciones. Como las Selkies, Rona cambió su hábitat natural por otro menos ligado al agua, y como ellas, se vio atrapada y sintió la necesidad de regresar. En Mainland, isla principal del archipiélago, Rona encontrará trabajo en la Sociedad Real para la Protección de las Aves tratando de hallar algún ejemplar del rey de codornices, pájaro antaño abundante en las Orcadas amenazado a causa de la mecanización de la agricultura. Una especie que ha habitado las islas durante miles de años se ha llevado al borde de la desaparición en cuestión de décadas debido a los abusos del ser humano. A través de esta búsqueda externa del rey de codornices, que apoya la búsqueda interna de un yo naufragante, En islas extremas hace de la autodestrucción colectiva metáfora de la autodestrucción individual y viceversa.
Más allá de incluir episodios que añaden tensión al relato y suman dificultades a la lucha de Rona, como el de la recaída y la discusión con la madre, la película adapta de manera ejemplar su material de partida a las necesidades dramáticas de la obra fílmica, desarrolla pasajes que en las memorias de Liptrot se expresan de forma más resumida y da entidad a personajes apenas esbozados en las páginas, como el exnovio que se ve forzado a abandonar a la protagonista propiciando su definitiva bajada a los infierno o los padres divorciados; ella, fanática religiosa, él, aquejado de un trastorno bipolar que lo hace impredecible. Así, en el film se realzan las partes que conforman la historia principal y que el libro prefería sumergir a un segundo plano para otorgar preponderancia al correlato objetivo constituido por las islas y su idiosincrasia. Pero al mismo tiempo, el guion acierta al respetar su estructura y su narración no lineal. En el viaje de restauración de Rona, su día a día en las Orcadas y su traumático pasado reciente en Londres son indivisibles, una unidad de reiterado ir y venir indispensable para que su narración adquiera sentido pleno.
Nora Fingscheidt recurre, como ya hiciera en System Crasher, a un modo de filmación en el que abunda la cámara en mano y la planificación aparentemente improvisada. Este estilo pseudodocumental, subrayado por el uso ocasional de material de archivo, no excluye la elaboración de imágenes con carga poética que añaden otra capa a la narración, y es en ese delicado equilibrio entre crudeza y lirismo donde la directora consigue su mayor logro. La fuerza y la desbordante belleza del film se sustentan en un amalgama de realismo y potencia simbólica manejado con honestidad, lejos de los excesos melodramáticos y las estrategias de manipulación a las que nos tiene acostumbrados el cine mainstream. La calculada impresión de caos y de aleatoria acumulación de acciones que da el ir y venir entre los distintos planos temporales, y que algunos críticos han señalado erróneamente como un defecto, se revela también fundamental para acceder al corazón del drama y que este desarrolle todo su potencial. Asimismo, Rona-Amy encuentra en el excelente trabajo interpretativo de Saoirse Ronan su encarnación perfecta. La actriz da una lección de control emotivo que, unido al texto y al pulso de la realizadora, convierten En islas extremas en un modelo de cómo conmover sin histrionismos, y hacen pensar en uno de esos triángulos escritor-director-interprete en estado de gracia (imposible no recordar, sí, aquí también, al trío formado por Schrader-Scorsese-de Niro en 1975) que se dan en pocas ocasiones y consiguen llevar una obra más allá incluso de sus propias posibilidades.
 

Nora Fingscheidt, Saoirse Ronan y Amy Liptrot 

 
Artículo publicado originalmente en el nº 2 de Magazine Sinhorizonte:
https://sinhorizontecomunicacion.es/

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