Los
libros de memorias escritos por mujeres, en especial aquellos
dedicados a narrar periodos conflictivos de sus vidas, han
constituido desde hace algunos años una de las apuestas más seguras
para el mundo editorial. Era cuestión de tiempo que dicha tendencia
fuese explorada también por el cine. Y sin duda uno de los mejores
ejemplos lo vimos el año pasado en el film de Nora Fingscheidt En
islas extremas (The Outrun, 2024), basado en la obra
homónima de Amy Liptrot, ganadora del Premio Wainwright en 2016 y
del PEN/Ackerley en 2017. Es de agradecer que Fingscheidt, quien
después de sorprender con la magistral y perturbadora System
Crasher (Systemsprenger, 2019) parecía haber sucumbido a
las exigencias del encargo hollywoodiense en la complaciente
Imperdonable (The Unforgivable, 2021), recuperase la
forma y la potencia de su primer largo de ficción en esta lograda
adaptación de las memorias de Liptrot.
Las
Orcadas, archipiélago de setenta islas al norte de escocia, azotadas
por la violencia del mar y del viento, han subsistido durante siglos
de la ganadería y son especialmente ricas en fauna y vegetación
marina. Aunque Liptrot dedica
más páginas del libro a la descripción de las islas y a sus
carácteristicas que al drama de su narradora, nada de esto resulta
gratuito. Todo lo relativo a las Orcadas es utilizado de las primeras
líneas a las últimas como reflejo elemental y espejo telúrico del
proceso de rehabilitación que atravesó la autora a su regreso al
archipiélago donde había pasado su infancia y adolescencia, tras
una década en Londres durante la cual desarrolló una adicción al
alcohol que la destruyó física y emocionalmente, le hizo perder a
su pareja, quedarse sin empleo y arruinar toda esperanza en el
futuro. La decisión de iniciar el cambio la tomaría aún en
Inglaterra, solicitando el ingreso en un centro de desintoxicación.
Pero sería en las Orcadas donde afrontaría realmente el reto de una
vida sobria. Algo que de partida, según su percepción de adicta,
eliminaba para ella toda posibilidad de ser feliz. Así, la
resistencia de unos pedazos de tierra que asoman del mar para
someterse al desgaste y al castigo de los elementos expresan la
erosión, la lucha constante y difícil restauración personal que
afrontó Liptrot. Y los extraordinarios fenómenos meteorológicos,
la precaria supervivencia de las especies en peligro de extinción o
las leyendas locales sobre muchachas raptadas y cautivas en islas
fantasma que se dejan ver solo entre la
niebla se transforman en elementos con los que la narradora empieza a
interpretarse a sí misma, y dotan de una constelación de imágenes
simbólicas al viaje íntimo consistente tanto en superar el
alcoholismo como en reconstruir una identidad devastada, cuyas
posibilidades de subsistencia son tan inciertas como las del propio
modus vivendi de las comunidades isleñas, siempre más despobladas y
con menos posibilidades laborales que ofrecer a sus nuevos
habitantes.
El
film que Fingscheidt coguionizó con la propia Liptrot se abre con la
protagonista, Rona, de niña, paseando por una playa recubierta de
algas. Imágenes de una foca bajo la superficie del mar se alternan
con otras de Rona, años más tarde, moviéndose a cámara lenta en
una pista de baile, y de Rona, en el lugar de la foca, moviéndose en
el agua con su novio, al tiempo que, en off, ella misma nos refiere
la leyenda local según la cual los ahogados se transformaban en
focas, llamadas selkies, capaces de desprenderse de sus pieles y
recuperar su apariencia humana para salir de noche a la superficie y
bailar desnudas bajo la luna. Dichas focas regresaban al mar al
amanecer, siempre que no fuesen vistas por otra persona. Si esto
sucedía, quedaban atrapadas en su forma terrestre, condenadas a
sentirse desgraciadas por no poder regresar al medio al que
pertenecían. A continuación, tras la aparición del título,
pasamos a una escena de tono muy diferente en la que Rona entra
borracha en un pub londinense, exige una copa, se pone violenta y
termina siendo sacada y tirada brutalmente a la acera para ser
recogida por un conductor de dudosas intenciones. Como las Selkies,
Rona cambió su hábitat natural por otro menos ligado al agua, y
como ellas, se vio atrapada y sintió la necesidad de regresar. En
Mainland, isla principal del archipiélago, Rona encontrará trabajo
en la Sociedad Real para la Protección de las Aves tratando de
hallar algún ejemplar del rey de codornices, pájaro antaño
abundante en las Orcadas amenazado a causa de la mecanización de la
agricultura. Una especie que ha habitado las islas durante miles de
años se ha llevado al borde de la
desaparición en cuestión de décadas debido a los abusos del ser
humano. A través de esta búsqueda externa del rey de codornices,
que apoya la búsqueda interna de un yo naufragante, En islas
extremas hace de la autodestrucción colectiva metáfora de la
autodestrucción individual y viceversa.
Más
allá de incluir episodios que añaden tensión al relato y suman
dificultades a la lucha de Rona, como el de la recaída y la
discusión con la madre, la película adapta de manera ejemplar su
material de partida a las necesidades dramáticas de la obra fílmica,
desarrolla pasajes que en las memorias de Liptrot se expresan de
forma más resumida y da entidad a personajes apenas esbozados en las
páginas, como el exnovio que se ve forzado a abandonar a la
protagonista propiciando su definitiva bajada a los infierno o los
padres divorciados; ella, fanática religiosa, él, aquejado
de un trastorno bipolar que lo hace impredecible. Así, en el film se
realzan las partes que conforman la historia principal y que el libro
prefería sumergir a un segundo plano para otorgar preponderancia al
correlato objetivo constituido por las islas y su idiosincrasia. Pero
al mismo tiempo, el guion acierta al respetar su estructura y su
narración no lineal. En el viaje de restauración de Rona, su día a
día en las Orcadas y su traumático pasado reciente en Londres son
indivisibles, una unidad de reiterado ir y venir indispensable para
que su narración adquiera sentido pleno.
Nora
Fingscheidt recurre, como ya hiciera en System Crasher, a un
modo de filmación en el que abunda la cámara en mano y la
planificación aparentemente improvisada. Este estilo
pseudodocumental, subrayado por el uso ocasional de material de
archivo, no excluye la elaboración de imágenes con carga poética
que añaden otra capa a la narración, y es en ese delicado
equilibrio entre crudeza y lirismo donde la directora consigue su
mayor logro. La fuerza y la desbordante belleza del film se sustentan
en un amalgama de realismo y potencia simbólica manejado con
honestidad, lejos de los excesos melodramáticos y las estrategias de
manipulación a las que nos tiene acostumbrados el cine mainstream.
La calculada impresión de caos y de aleatoria acumulación de
acciones que da el ir y venir entre los distintos planos temporales,
y que algunos críticos han señalado erróneamente como un defecto,
se revela también fundamental para acceder al corazón del drama y
que este desarrolle todo su potencial. Asimismo, Rona-Amy encuentra
en el excelente trabajo interpretativo de Saoirse Ronan su
encarnación perfecta. La actriz da una lección de control emotivo
que, unido al texto y al pulso de la realizadora, convierten En
islas extremas en un modelo de cómo conmover sin histrionismos,
y hacen pensar en uno de esos triángulos
escritor-director-interprete en estado de gracia (imposible no
recordar, sí, aquí también, al trío formado por
Schrader-Scorsese-de Niro en 1975) que se dan en pocas ocasiones y
consiguen llevar una obra más allá incluso de sus propias
posibilidades.
Artículo publicado originalmente en el nº 2 de Magazine Sinhorizonte:
https://sinhorizontecomunicacion.es/



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